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Europa atraviesa un momento decisivo. En un contexto global marcado por la convergencia de dos grandes fuerzas –la creciente complejidad geopolítica y una disrupción tecnológica sin precedentes–el continente se enfrenta al reto de redefinir su papel en el mundo. La fragmentación del orden internacional, los conflictos abiertos, las tensiones comerciales y la lucha por el liderazgo tecnológico han convertido la incertidumbre en un rasgo estructural. Al mismo tiempo, la digitalización, la inteligencia artificial y las nuevas formas de dinero están transformando profundamente la economía y la sociedad.
Ante este escenario, Europa no tiene alternativa: necesita crecer. Y para ello es imprescindible movilizar todos los recursos disponibles, tanto públicos como privados. En ese esfuerzo colectivo, el sector bancario se sitúa como un actor clave, no solo como facilitador, sino como impulsor y vector de crecimiento.
La banca europea, y particularmente la española, llega a este momento en una posición de fortaleza.
Tras años de reformas y de buena gestión, el sector ha reforzado su rentabilidad, su solvencia y su eficiencia. Esta evolución permite que hoy esté en condiciones de asumir una triple función esencial.
En primer lugar, financiar las inversiones billonarias que Europa necesita. La transición energética, la digitalización, la innovación tecnológica o el refuerzo de la autonomía estratégica.
La banca desempeña aquí un papel insustituible, conectando el ahorro con la inversión y facilitando que empresas y administraciones puedan abordar estos retos.
En segundo lugar, impulsar el crecimiento económico. El crédito bancario sigue siendo el principal motor de financiación de la economía europea. Gracias a él, las empresas pueden expandirse, innovar y competir, mientras que las familias pueden consumir, invertir y mejorar su bienestar. Para reforzar la competitividad mantener un flujo de financiación estable y suficiente es una condición indispensable.
Y, en tercer lugar, actuar como amortiguador frente a los shocks. La experiencia reciente ha demostrado que un sistema bancario sólido es fundamental para absorber impactos y evitar que las crisis se trasladen con mayor intensidad al conjunto de la economía.
La resiliencia del sector permite sostener la actividad en momentos adversos, contribuye a preservar la estabilidad financiera e impulsar el crecimiento.
Marco regulatorio
Ahora bien, para que la banca pueda reforzar su papel Europa debe alinear su marco regulatorio con el objetivo de crecimiento. No se trata de debilitar la estabilidad financiera, sino de complementarla con una visión más amplia que incorpore la competitividad como prioridad estratégica.
En este sentido, dos grandes palancas resultan fundamentales: la simplificación y la integración. La simplificación implica revisar un marco normativo que ha ido acumulando complejidad y que puede limitar la capacidad de las entidades para destinar recursos a la financiación de la economía real. Simplificar no es desregular, sino hacer más eficiente el sistema y mejorar la calidad del proceso normativo.
En cuanto a la integración del mercado financiero europeo es clave completar la Unión Bancaria con un sistema de garantía de depósitos único (EDIS), para romper el vínculo soberano-bancario y reforzar la protección de los ahorradores. También avanzar en la Unión de Ahorros e Inversión (SIU) con la que ampliar el ecosistema financiero y conseguir que el ahorro de los europeos sea fuente de financiación de las empresas europeas.
Desde el sector bancario contribuimos a la integración y al refuerzo de la autonomía estratégica. Lo hacemos en un ámbito esencial para la economía como son los pagos.
La interoperabilidad de los sistemas de pago es un ejemplo tangible. Liderados por Bizum, con más de 31 millones de usuarios, el pago entre particulares será una realidad a lo largo de este año para 130 millones de usuarios de 13 países. Un ejemplo que demuestra que es posible construir soluciones propias, eficientes y competitivas que reduzcan dependencias externas y fortalezcan el mercado único.
Europa cuenta con activos extraordinarios: talento, capacidad industrial y un sistema financiero preparado para acompañar el crecimiento. Lo que necesita es ambición para reforzar su posición global.
Es el momento de poner sobre la mesa debates que se han pospuesto demasiado tiempo y en el que nos jugamos nuestro futuro.
Alejandra Kindelán, presidenta de la Asociación Española de Banca.