Desde los años ochenta del siglo pasado hemos asistido a un proceso globalizador de gran intensidad, que ha generado grandes desafíos, pero también ha favorecido la integración económica y financiera.
Si la eliminación de las barreras al comercio mundial fue el inicio de la globalización, la liberalización de los movimientos de capitales ha sido un factor determinante para impulsar el crecimiento y, también, contribuir a reducir las diferencias entre los países.
Porque una mayor apertura financiera favorece un menor coste de financiación, dinamiza la inversión productiva e innovadora, y refuerza la disciplina de las autoridades en el diseño y aplicación de las políticas económicas.
Para entenderlo, hay tres tipos de flujos de capital: la inversión directa, que buscaría el control de una compañía, la inversión de cartera, con compra de títulos de renta fija o acciones y los préstamos. Todas son relevantes, aunque la primera se identifica con mayor confianza y desde una perspectiva de largo plazo.
La zona euro es exportadora neta de capital al exterior. Lo fue en 2023 por más de 283.000 millones de euros ¿Por qué no invertir este ahorro en competitividad interna? Se trataría de favorecer y fomentar proyectos innovadores y sostenibles de futuro. Y se podría también facilitar la inversión internacional en el área, a lo que contribuiría asimismo avanzar de forma decidida en la integración del mercado de capitales europeo, para dotarlo de más atractivo y profundidad.
Cierto es que la incertidumbre sobre el comportamiento del comercio mundial es un factor que pesa a la hora de anticipar el comportamiento de la economía a corto plazo. Pero son los flujos de inversión los realmente determinantes cuando hablamos del largo plazo. Y en ellos debemos fijar nuestra atención.
José Luis Martínez Campuzano, portavoz de la Asociación Española de Banca